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Los amores de Pablo Neruda

Los amores de Pablo Neruda

HACE 25 años murió en un hospital de Santiago el poeta Pablo Neruda. Desde hacía años enfermo de cáncer, dejó su puesto de embajador en París para volver en 1972 a su refugio en la costa del Pacífico, la mítica Isla Negra, que no es isla ni negra, sino un balneario a 100 kilómetros de la capital que se doblegó de buen grado a la fantasía bautizadora del vate. Si al lado de ese potente mar «que dice que sí y dice que no en espuma y en galope y que se sale de sí mismo a cada rato» esperaba encontrar la paz y el cobijo natural que animara a su cuerpo para resistir a la enfermedad, lo que halló en cambio fue a su patria desangrándose en una violenta pugna entre el Gobierno de Allende y sus opositores.

Los «Veinte poemas» están nutridos por tres musas, pero los amantes que creen estos versos eficaces, se llevarán un palmo de narices. Prominente entre ellas es Albertina Rosa Azócar. Es sorprendente que el célebre me gusta cuando callas porque estás como ausente corresponda casi de un modo naturalista al estilo de esta mujer, quien a juicio de los biógrafos de Neruda, especialmente Volodia Teitelboim, era de una mudez e impenetrabilidad tan enorme, que hacía cuanto más locuaz y angustiado el trabajo del poeta. La muchacha parecía asistir impávida a los esfuerzos líricos de Neruda, y así lo prueban los poemas con sus acentos en el silencio, en la ausencia, en la lejanía, y hasta en las cartas posteriores donde el poeta le habla de «su callado nombre» y aun le reprocha una «sensación de indiferencia que me abre la curiosidad». Es gracioso que la impertérrita heroína del chileno demostrara años más tarde que su carácter más bien escueto no había sido un contrahielo ocasional y estratégico a la fogacidad sensual de su artista, pues en una entrevista realizada en su vejez replicó así a la pregunta sobre cuál era el poema predilecto entre los que había escrito para ella: «Me hizo varios, pero no me acuerdo cuáles son». Una reciente edición de «Los veinte poemas de amor» trae ilustraciones del artista murciano Pepe Yagüez, quien concibe al amante de estos versos como un minotauro: este animal fuerte y esencialmente poético extiende su cabeza desde su espeso amor hacia el universo donde la amada lo es todo. Pero en sus dibujos ella es infinita, inalcanzable, la plenitud del amor negada. Aunque los muslos de la mujer sean blancas y deliciosas colinas están en otra dimensión del tiempo y del espacio. Hay una mujer con la que Neruda vivió años, y sin embargo apenas figura en su obra y en sus memorias. La distancia que toma es tal que la evoca sólo a través del testimonio de otra escritora, que conoció bien a la pareja: Margarita Aguirre. Se trata de una dama de ascendencia holandesa, María Antonieta Hagenaar, con quien se casó en el año 1930 en Batavia, trayéndola a Chile dos años más tarde. El juicio sobre ella es lapidario: «No sabe el español y comienza a aprenderlo. Pero no hay duda de que no es sólo el idioma lo que no aprende». Neruda la evoca en un sólo verso, no menos áspero: «¿Para qué me casé en Batavia?». Quizás el dolor por la muerte de la hija de ambos debida a una deficiencia de nacimiento acentuó, como protección, la distancia.

Un idilio
Del tiempo en que el poeta fue cónsul chileno en Birmania, surge un idilio que excitó la curiosidad e imaginación de sus lectores y biógrafos. Prácticamente no hay testimonio de esta protagonista como no sea el directo de Neruda, su beneficiario o víctima, según se le mire. La mujer se llamaba Jossie Bliss y su inmortalidad se debe a su rol en uno de los capítulos más feroces de «Residencia en la Tierra», el titulado «Tango del viudo». Dama extremadamente sensual y misteriosa, fue acechando a Neruda con los celos, hasta el extremo de pasearse alrededor del lecho donde él dormía blandiendo sonámbula un cuchillo con el que consideraba matarlo. El poeta tuvo que optar entre la fiebre sexual que le ataba a ella y su propia vida. De modo que un día, sin detenerse a llenar la valija, asume otro destino diplomático dejándola plantada. Salvar el pellejo, sin embargo, le perfeccionó la obsesión por su ausencia en imágenes pasionales: «Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración oída en largas noches sin mezcla de olvido, uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo. Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo…».

La persistente musa, a la cual el chileno bautizó como especie de pantera birmana ha seguido arañando la fantasía de cineastas y pintores quienes sospechan en el exotismo de esa relación una suerte de versión de «El amante» de Marguerite Duras. Este estímulo se refuerza con la continuación de la «anécdota» del poema que viene en «Confieso que he vivido». Habiéndose fugado el vate a Colombo, en Ceylán, algún tiempo después se instala vivir en la casa del frente Jossie Bliss, quien recorre la fatigante distancia para estar cerca del amante. Sin embargo sus hábitos marciales no se han mitigado. Por el contrario atacó con un cuchillo a una muchacha que vino a visitarlo, insultó y agredió a cuantos merodeaban a su poeta, y amenazó con incendiarle la casa. Neruda comenta resignado: «Era una terrorista amorosa». Con mucho trabajo logra finalmente convencerla que vuelva a Birmania.

La carrera diplomática de Neruda lo saca del Oriente y lo lleva a Barcelona y a Madrid. Aún casado con María Antonieta conoce una noche en el departamento de Rafael Alberti, probablemente en 1933, a Delia del Carril. Esta dama oriunda de una riquísima familia de hacendados argentinos tenía una larga experiencia con la escena internacional, una aguda sensibilidad política, y se sabía casi de memoria el «Manifiesto comunista». Según le confiesa a su biógrafo Fernando Sáez, recuerda que encontró a Neruda por primera vez en la Cervecería Correos: «Puso su brazo alrededor de mis hombros y así nos quedamos». Ella poseía un mundo de relaciones, belleza, inteligencia, y él pese al éxito en círculos prestigiosos y pequeños, no lograba que su obra se publicara con la repercusión que merecía. Todos en el locuaz grupo de amigos, que incluía en primer lugar a García Lorca, pensaron que entre ambos habían una bella amistad. Hasta que una fiel nerudiana se dio cuenta de que tras las noches de copas, la pareja venía a tomar desayuno en su casa. 

Regreso a Chile

Un sólo detalle debiera haber augurado en ese inicio el posible fin de la relación. La pintora Delia del Carril era exactamente 24 años mayor que Pablo. En los momentos cruciales políticos fue la mujer ideal para tenerla de compañera: trabajó con su esposo para salvar republicanos españoles y enviarlos a Chile y le hizo familiar todo el mundo de sus contactos. Más tarde, de vuelta en Chile, compartió su arte, cuyo motivo preferente fue la pintura de caballos, con las tareas políticas de su esposo, que no eran menores. Neruda llega nada menos que a ser elegido Senador de la República. Desde esa función, insulta al presidente llamándolo traidor, y debe huir al exilio en un aventurero cruce de la cordillera a lomo de mula.

Esta persecución ha de traer consecuencias para la vida sentimental del poeta. Ya desde antes ha tenido contactos emocionales muy intensos con Matilde Urrutia, quien incluso ha oficiado de enfermera en la casa de Delia y Pablo en la calle Lynch de Santiago después de que éste debiera guardar reposo por un accidente automovilístico. El destino lleva ahora al poeta a Capri donde convive clandestinamente con su amante. La musa que inspira «Los Versos del Capitán» es Matilde, una pelirroja de cabello tan seductor que más adelante el vate celebrará con alegre ingenio: «Otros amantes quieren vivir con ciertos ojos, yo sólo quiero ser tu peluquero». El autor chileno publica el libro como «anónimo», con la intención de no herir la sensibilidad de Delia. Vano resguardo: al mes de aparecer, todo el mundo habla del «último libro de Neruda». En el texto que cierra el volumen el amante se despide de ella pues volverá a su tierra deseoso de incluirse en las luchas políticas para liberar a su pueblo. Si todo el libro celebra la energía de esta relación madurada en Capri, es en la coda donde se prueba que el idilio no tiene marcha atrás: «Tal vez llegará un día en que un hombre y una mujer, iguales a nosotros, tocarán este amor, y aún tendrá fuerza para quemar las manos que lo toquen».

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