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Sharon Stone: “Tengo 62 años y no me importa que me den una palmadita en el trasero”

Sharon Stone: “Tengo 62 años y no me importa que me den una palmadita en el trasero”

Sentada en el balcón de su casa en Beverly Hills, Sharon Stone lamenta que el flirteo haya desaparecido. «Me he dado cuenta de que la gente ya no silba al verte por la calle», dice la actriz, nominada al Oscar por sus papeles en Instinto básico y Casino, y ahora protagonista de Ratched, la serie dramática de Netflix creada por Ian Brennan y Ryan Murphy, precuela de Alguien voló sobre el nido del cuco.

«Eso de silbar y coquetear tenía su gracia, pero ha pasado a la historia. Esa época se acabó». Stone se encoge de hombros con elegancia. «La gente ahora es distinta. La tecnología ha puesto fin al juego de la seducción, a la interacción personal de toda la vida… Es algo que ya ni ves. Las personas ya no coquetean cara a cara. Y no creo que tenga que ver que tú o yo tengamos ya nuestros añitos, eso me parece irrelevante».

Sin duda es irrelevante en el caso de Sharon Stone. Apoltronada en un canapé sin apenas maquillaje y vestida con una sencilla camisa blanca, está todavía más guapa que cuando empezó a buscarse la vida como modelo antes de cumplir los 20. Hace 25 años decía: «Sospecho que durante mucho tiempo la gente no sabía bien qué pensar de mí. Tenía el aspecto de una Barbie, pero, cuando abría la boca, mi voz resonaba como si me hubiera pasado la vida pegada a la barra de un bar. Y decía algunas cosas que no gustaban». La Sharon Stone de hoy nada tiene de muñeca Barbie, pero tampoco me parece que haya cambiado demasiado.

Hace unas semanas, la actriz subió a Instagram una serie de descarnadas publicaciones en las que detallaba los estragos que el coronavirus estaba causando en su familia. La enfermedad había matado a su abuela y a su madrina y había hospitalizado a Kelly, su hermana menor, y su cuñado. «Suplico a todos que se pongan las mascarillas», dijo a sus seguidores, a quienes instaba a «votar por la vida», a votar a Joe Biden y Kamala Harris. Y remató con la frase: «Con mujeres en el poder, lucharemos por las familias».

Durante su propia carrera tuvo que vérselas con la masculinidad tóxica una y otra vez. En los últimos años ha hablado sobre cuando se enteró de que la palabra ‘follable’ era sinónimo de «merecedora de un papelito» o cuando le tocó trabajar con un director «que por las mañanas me invitaba a sentarme en su regazo para escuchar sus indicaciones».

Según explica, sus quejas y objeciones a lo largo de los años jugaron en su contra. «Como no pasaba por el aro, empecé a crearme fama de difícil. Era lo que decían. Sharon es una actriz difícil, no es fácil trabajar con Sharon…».

¿Las cosas no han cambiado desde entonces? «No lo sé», dice, torciendo el gesto. «Hay quienes siguen mostrándose condescendientes con las mujeres y ¿dejas que eso realmente te afecte?», reflexiona en voz alta. «Lo que quiero decir es que antes se daban situaciones peores, más humillantes, pero hoy tienes que calcular qué tipo de agresión requiere que te plantes. A veces son simples detalles: una mirada, un ladear la cabeza. Y lo mejor es reírte o largarte. Pero hay momentos en los que tienes que plantarte, decir ‘por ahí no paso’».

Después de 40 años de carrera, dos maridos (estuvo casada con el productor Michael Greenburg entre 1984 y 1990 y con el periodista Phil Bronstein de 1998 a 2004), tres hijos adoptivos (Roan, de 20 años; Laird, de 15; y Quinn, de 14) y de haber sufrido un grave derrame cerebral a los 43 años, Sharon Stone ha aprendido unas cuantas cosas. La principal: «En la vida tienes que luchar por aquello que te importa de verdad». «Prefiero no perder el tiempo ni complicarme la vida con menudencias», responde cuando le pregunto si le molesta que la traten de «preciosa» o de «cariño». «No me importa que me digan ese tipo de cosas. Y, francamente, no me importa si alguien me da una palmada en el trasero. Sencillamente, creo que esas cosas son una victoria tan pequeña… Quizá es porque tengo 62 y he vivido tanto que sé lo que realmente requiere mi atención».

Por muy harta que esté de hablar siempre de lo mismo, de una de las secuencias del cine que más ha llevado a pulsar el botón de ‘pausa’, su cruce de piernas en Instinto básico en 1992, Stone no menosprecia la cinta que la hizo famosa. «Esa película fue un punto de inflexión sociológico -afirma-. Como siempre pasa, fue muy criticada. Cuando eres valiente y te la juegas, cuando das la cara y haces algo diferente, está claro que van a despellejarte. Pero valió la pena. Porque cambió la forma en que vemos a las mujeres en las películas. La misma forma de dirigir de las mujeres hoy es otra. Yo creo que las mujeres hasta ese momento no tuvieron verdadera voz en el cine».

Volver a la universidad a los 58
Stone creció en el pueblo de Meadville (Pensilvania), la segunda de cuatro hermanos. Su padre era obrero en una fábrica; su madre, contable. Alumna más que destacada, en el instituto la pasaron a cursos superiores una y otra vez. «Entre los 11 y los 14 años me fascinaban unas cuantas mujeres adelantadas a su tiempo, como Gloria Steinem. El feminismo estaba muy vivo cuando yo tenía 12, 13, 14 años… Justo cuando empiezas a hacerte preguntas. ¿Qué vas a hacer con tu vida? Yo me fijaba en aquellas mujeres y me decía: ¡quiero ser como ellas!».

El hecho de que Steinem fuera una de las heroínas personales de Stone explica por qué la actriz nunca se sintió obligada a escoger entre lo sexy y lo serio. Haciendo gala de ambas facetas, ganó el concurso de belleza del condado de Crawford y una beca que le permitió ingresar en la Edinboro State University, donde estudió escritura creativa y bellas artes. Sin embargo, al poco tiempo aparcó los estudios y empezó a trabajar para una agencia de modelos en Nueva York. A los 22 años dejó ese trabajo y debutó en el cine como extra en la comedia de Woody Allen Recuerdos (1980). El filme que la lanzó a la fama fue Desafío total, donde interpretaba a una agente encubierta que se hacía pasar por la mujer de Arnold Schwarzenegger. Los noventa fueron el momento álgido de su carrera, cuando apareció en Acosada, El especialista, Rápida y mortal y Casino, entre otras. Sin embargo, estas películas no eran suficientes para colmar sus exigencias.

No tardó en sumarse a la campaña de concienciación sobre el VIH/sida y con el tiempo llegó a ser buena conocedora de la literatura científica sobre el tema. A los 58 años volvió a la universidad para terminar los estudios.

Tengo interés en saber si su decisión de retomar los estudios fue una reacción de efecto retardado a la forma en que Hollywood la trató después de que en 2001 sufriera una embolia con hemorragia cerebral durante nueve días. «Me encontré con que de pronto ya no era nadie, con que otra vez era la última de la fila», dijo en su momento.

Los médicos le daban una probabilidad del uno por ciento de salir con vida. La operaron durante siete horas y le insertaron 22 espirales en el cerebro. Se salvó, pero necesitó siete años para recuperarse. «Y hubo momentos en los que creía que nunca iba a volver a ser la misma».

El derrame cerebral tuvo lugar en un momento particularmente difícil. Bronstein y ella estaban a punto de divorciarse; la batalla por la custodia de su hijo, Roan, hizo que la situación fuera aún más dolorosa.

Si alguien le hubiera dicho que pasar por una situación tan traumática podría serle útil si un día se desataba una pandemia global, no habría hecho el menor caso. Pero, como subraya, en caso de trauma, lo fundamental es cambiar. «Y ahora tengo un sentido mucho más afinado de la realidad, lo que me permite darme cuenta de que la vida otra vez está dando un vuelco. Para muchas personas, los cambios resultan muy difíciles. Pero quien ha pasado por un ataque al corazón, por un cáncer o por un divorcio traumático, por poner algunos ejemplos, sabe que las situaciones de ese tipo te cambian de manera exponencial. Y lo que sigue es una nueva vida; vuelves a nacer».

“Johnny Depp fantástico”
Sharon contempla la deslumbrante piscina azul a sus pies. «Tengo curiosidad sobre cómo saldremos después de esta, de la crisis del coronavirus, porque ahora todos estamos ‘renaciendo’ a la vez».

Se siente tan fascinada por el concepto de volver a nacer que ha escrito un libro de memorias titulado The beauty of living twice (‘La hermosura de vivir dos veces’), sobre las dos partes de su existencia. Está previsto que se publique en marzo de 2021. «Una vez que tu vida ha dado un vuelco semejante, terminas por comprender que lo único que no cambia -si eres fuerte y te aferras a ello- es el núcleo fundamental de tu personalidad, tu auténtico yo. Tu integridad, los límites que te fijas… es lo único con lo que puedes contar».

Sus opiniones tienen cierto espíritu zen. Ya sea al hablar de las recientes vicisitudes judiciales de Johnny Depp -«Conozco a Johnny desde que era un chaval y es un tío fantástico; atento y considerado, muy amigable y generoso. Por eso tengo la sensación de que el problema más bien tiene que ver con esa señorita»- o al referirse a Trump: «De hecho, lo miro con empatía. Porque es descorazonador verlo. Sospecho que tiene algún trauma de la niñez. Lo veo y me digo que esos traumas, sean los que sean, provocan que constantemente esté torturándose y haciéndose daño a sí mismo. Lo que de rebote influye en esos seguidores que tiene, los que acuden a verlo llevando simbología nazi encima. Son unas personas con una rabia interior que asusta, y esa rabia nace del sufrimiento y los sentimientos de inseguridad».

Es posible que Stone en su día también se sintiese insegura, pero no parece que sea el caso en esta segunda existencia que está viviendo. Ni por asomo finge creerse el mantra de que «el físico no importa». «Es una memez; no hay una mentira más gorda -dice carcajeándose-. Y dicho sea de paso: te das especial cuenta de lo importante que es el físico cuando empieza a venirse abajo». Motivo por el que sigue un riguroso programa diario de ejercicio físico. “Hago 30 sentadillas al día y levanto unas bolas de plomo de tres kilos mientras miro la tele, porque estos días no puedo ir al gimnasio».

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