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Ventana geminada: testigo de un amor

Ventana geminada: testigo de un amor

¡Hay parqueo libre!’, dice jubiloso mi hijo Alexis cuando llegamos al pequeño estacionamiento en la calle Arzobispo Meriño, frente a la fachada lateral de la Casa de Tostado. Quizás por ser sábado a media mañana hay cinco espacios libres.

Estoy segura que poco han de durar. Nuestra objetivo es tomar unas fotos de dicha morada,  tomando en cuenta un relato que Kin Sánchez incluye en su libro ‘Guía de Anécdotas, cuentos, crónicas y leyendas de la Ciudad Colonial de Santo Domingo’.

Así pido a Alexis acercarnos para que tome dos fotos: una del pozo, que ya hoy día está cegado y tiene encima una fuente decorativa, y en la fachada principal la famosa ventana geminada de estilo gótico isabelino, única en el continente americano.

La imagen del patio no es posible tomarla con la fuente completa. Hay preparación de actividades y hay paquetes y sillas por doquier. No importa. En cuanto a la fachada con la ventana geminada, tampoco está en todo su esplendor.

La vista exterior se ve interrumpida por un cartel sobre la acera promocionando actividades. Por suerte la ventana está en el segundo piso y salta a la vista.

La casa, que hoy funge como Museo de la Familia Dominicana del Siglo XIX, tuvo como primer propietario al escribano Francisco Tostado. Le heredó su hijo, del mismo nombre, escribano y poeta que murió trágicamente en 1586, víctima de una bala de cañón disparada durante el bombardeo de la ciudad por Drake.

Como elemento único en el continente americano, la bellísima ventana gótica geminada en la fachada principal hacia la calle Padre Billini, es un hito arquitectónico. Junto a ella, mirando hacia la calle, cada tarde se sentaba la hija del dueño. Transcurría el siglo XVI cuando, según relata Kin Sánchez, un teniente del ejército extranjero que había invadido el país, al pasar un día junto a la casa vio a la joven. Y ella a él. ‘Fue amor a primera vista’.

Al poco tiempo empezaron a encontrarse a escondidas junto a la puerta enrejada del jardín (hacia la calle Arzobispo Meriño). Ella de un lado. Él, en el otro. Tan solo podían entrelazar sus manos. Una noche los enamorados fueron sorprendidos por el padre y los servidores de la casa. Se enfrascaron en un duelo a espadas, que perdió el enamorado. ‘Cuando la joven vio a su amado darle la última mirada, tendido en el suelo en medio de un charco de sangre, corrió enloquecida de dolor hasta el pozo del jardín y se lanzó al fondo’.

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